lunes, 25 de febrero de 2013

París de los surrealistas


Esta Guía del París surrealista vuelve a llevarnos a la capital del surrealismo, en tiempos menos hostiles que los de hoy, o sea en aquel período de los años 20 y primeros 30 en que aún no se habían apoderado de ella la barbarie automovilística y la barbarie turística, ni las aberraciones arquitectónicas abundaban, empezando por la de ese mamarracho de centro artístico moderno que hoy usurpa el lugar de un mercado donde hervía la vida popular. La tercera vez que yo pisé París fue en 2003, y ya no se me verá jamás por ahí: tráfico criminal adueñado de la urbe, caterva turística hasta en el antaño íntimo museo Gustave Moreau, y que me disuadió de entrar en el de las Plantas, por no hablar de la catapulta humana que de pronto se me abalanzaba en las escaleras de un metro cuando, tras numerosas subidas y bajadas, me dirigía a tomar la composición que me llevaría al cementerio de los Batignolles para ver in situ los magníficos epitafios de Breton y Péret. Allí tuve que recular, y me dije: París, nunca más (por lo demás, como arribé en el tren portugués, al salir de la estación de Montparnasse me vi rodeado de espantosos edificios ultramodernos, primera experiencia amarga de mi vuelta a la ciudad).
Esta guía se limita a aquel período, y el París elegido es el de André Breton, Louis Aragon, Robert Desnos, Jacques Prévert, Philippe Soupault y René Crevel. Lo primero que puede decirse es que el París mítico del surrealismo es el de André Breton (Nadja sobre todo, pero también El amor loco, Los vasos comunicantes y “Pont-Neuf”) y el de Louis Aragon (El campesino de París y, en menor medida, Aniceto  o el panorama). El de Desnos y el de Prévert ofrecen menos atractivos, y menos aún los de Soupault y Crevel. En cambio, un buen trabajo creo que podría hacerse con el París de los poemas y de los fabulosos cuentos de Benjamin Péret (si yo viviera en París, me lo propondría, máquina de fotos en mano). No podemos olvidar, ya posteriormente, el riquísimo París de Léo Malet, porque, aunque sus novelas solo tengan cierto espíritu surrealista, ese está presente precisamente en su captación de la ciudad.
Guide du Paris surréaliste es un libro bonito, con muchas y buenas fotos y va acompañado de unos mapas muy útiles para el viajero. Henri Béhar se encarga de la introducción y elabora al final una lista de lugares surrealistas. Algunas mutaciones han sido brutales: el Cafe Cyrano convertido en fast-food y el de la Nouvelle-France en restaurante asiático; el Certà o el Pasaje de la Ópera, desaparecidos; en el lugar del hogar surrealista de la Rue du Chàteau, un solar vacío... Pero donde hay siempre queda, y eso es lo que vale la pena inspeccionar, a la vez que aún es posible, quizás, dejarse llevar por lo que llamaba Breton “el viento de lo eventual”.
El primer capítulo lo hace Mireille Hilsum, y lo titula “Equívoco moderno y maravilloso: el París de Louis Aragon”, centrándose, claro está, en El campesino de París, que sigue siendo uno de los grandes libros del surrealismo, con su ruta de pasajes y la descripción de les Buttes-Chaumont. En torno a este último, sorprenden las muchas cosas ya desaparecidas en tan escaso perímetro, aparte que ya, a diferencia de los tiempos aragonescos, no sea posible visitarlo por la noche.


Emmanuel Rubio comienza hablando de la “estética surrealista” y de “nuestra modernidad artística”, pero lleva a cabo luego un buen trabajo, con la materia más fascinante del libro: el París de André Breton. Pasamos por el Boulevard de Clichy, la Place Blanche, la Rue Fontaine, el museo Moreau, “la muy bella y muy inútil puerta Saint-Denis” (y ahí podemos admirar la muy bella y muy útil foto que hizo Atget en 1926), la Place Dauphine, el Pont-Neuf, el fenecido mercado de Les Halles, los parajes de Flamel y Pernelle, la torre Saint-Jacques, el Mercado de las Flores de la Île de la Cité... El periplo se inicia con un vacío: la estatua de Charles Fourier, convertida en materia de obuses por la canalla nacional-socialista, y cuyo zócalo, según nos refiere una nota de Emmanuel Rubio, está hoy, tras habérsele puesto encima una falsa cabina telefónica, encerrado por un cubo transparente, lleno de las pintadas totalitarias (ya que aparecen en todos los rincones del globo) y coronado por una enorme manzana de metal plateado... Signo de los tiempos, y desde luego más indicado para lanzarle un obús que para llevarle flores. ¡Pobre Charles Fourier!
El paseo de René Crevel al menos ha sido hecho por su mejor conocedor y estudioso, que es Jean-Michel Dévesa, o sea que mejor imposible. Algo más animados son los de Desnos y Prévert, ya que tienen como ventaja llevarnos al París popular. Laurent Flieder ha pergeñado el primero y Danièle Gasiglia-Laster el segundo. En el texto sobre Prévert, es un placer encontrarnos con su defensa de una crítica intuitiva e imaginativa frente al dogmatismo estructuralista, que dios tenga en su seno; incluye una bella foto de Adrienne Monnier en su librería, que tanto dio a conocer el surrealismo y que de hecho fue donde Prévert lo descubrió.
En este contexto de buenos estudios, el lamparón viene del paseo soupaltiano que hace Myriam Boucharenc, quien, para defender a su héroe, vuelve sobre la pamplina de la “ortodoxia”. El París de Soupault existe por Les dernières nuits de Paris, una buena novela, pero que, como obra surrealista se queda a muchos años luz de Nadja y de El campesino de París (las cuales, para empezar, no son novelas, sino hasta anti-novelas). La estudiosa de Soupault las equipara, pero además fabula (y cómo cansan ya estas fabulaciones nadjianas) con que la Georgette de Soupault y Nadja puedan haber sido la misma persona; aparte ello, afirma en un momento que no existe retrato de Isidore Ducasse, cuando a fines de los años 70 se dio a conocer uno en Le visage de Lautréamont de Jacques Lefrère.


Por los mismos días que leía Guide du Paris surréaliste, recibí, regalo de mi amigo Guy Ducornet, un librito de 56 páginas titulado Paris surréaliste y publicado en 1991, con fotos de Rodolphe Hammadi y texto de Gérard-Georges Lemaire. Entre las fotos, destacan la de la estatua erótica del Musée Grévin, la de una tienda sobreviviente de “Bois-charbons”, la de la Conciergerie y la del busto de Henry Becque, todas ellas familiares para los lectores de Nadja. Lemaire dirigió en 1997, por cierto, la obra muy rica, en dos tomos, Théories des cafés, que incluía el trabajo de Georges Sebbag “Le café surréaliste”, prospección espléndida en el París surrealista de los bares y cafés.
El París surrealista fue objeto en 1973 de un libro sin vuelo alguno de Marie-Claire Bancquart. En 2005 apareció en Barcelona Paris i els surrealistes, repleto de ilustraciones y con trabajos poco distinguidos, a pesar de las buenas firmas con que contó, pero que además tiene un título completamente engañoso, ya que la exposición que lo originaba no era sino una exposición más sobre el “arte” surrealista y París solo está presente a título decorativo.


Ni en Paris i els surrealistes ni en la reciente guía  aparece citado el mejor libro sobre la materia: Paris and the Surrealists (Thames and Hudson, 1991), del gran George Melly, con un centenar de admirables fotos de Michael Woods. Libro espectacular, hecho por poetas, y que concluye con la visita de Melly al cementerio de los Batignolles para ver el “Je cherche l’or du temps”, y con la visión de un París donde Breton y sus amigos “no solo buscaron el oro del tiempo, sino que lo excavaron para el enriquecimiento de todos nosotros”.
La primera vez que yo visité París fue en 1984, rumbo a Lincolnshire, Nordeste de Inglaterra, donde iba a ver a una amada amiga canaria. Lo que debía ser una noche plácida fue una noche alucinante. Había no sé qué congresos en París, y no encontré alojamiento alguno, por lo que decidí quedarme en la estación. Solo que la estación la cerraban a medianoche, así que tuve que dejar el equipaje en consigna y me lancé a caminar por la ciudad, con prisas por el frío. Pocos coches circulaban, y atravesé un París cuyos monumentos adquirían al punto un aura fantasmal. Recuerdo verme también sobre el puente del cementerio de Montmartre, y a un tipo con unas prostitutas que me llamaba en la calle Pigalle. Una bella dama de piel caoba me paró su coche con un “bonsoir”, pero, ay, yo había dejado el dinero que traía en  consigna, previendo algún conflicto en el París de la madrugada... Y mejor fue así, porque aquel viaje nocturno fue indeleble en su extrañeza absoluta


Dos años después, ya me lancé a la conquista campesina de París, quedándome allí unos siete días de mayo. Mi vademécum fue el maravilloso libro Guide de Paris mystérieux, publicado un año antes, ya que, aparte traer infinidad de noticias curiosas, se abría con una serie de mapas, entre ellos del París de Nadja, el de Maldoror, el de los pasajes y el de Fantômas, todos los cuales fotocopié para hacer los recorridos del modo más escrupuloso, y sumándoles algunas referencias sacadas de la guía y ciertos espacios de las maravillosas historias de Adèle-Blanc-Sec, que se habían traducido en España. Conservo las fotos de aquellos días frenéticos: la torre Saint-Jacques, la puerta Saint-Denis, los Buttes-Chaumont, el restaurante Chartier (donde almorcé, asediado por la sombra del Conde de Lautréamont, que había muerto en aquel edificio), el pasillo de la casa donde vivía André Breton (a un lado de la entrada el aviso “Danger de mort”), la plaza Dauphin con el hotel Henri IV, la estatua del Caballero de la Barra, el arco del triunfo del Louvre (por Péret), las reservas de agua de Montmartre (que Fantômas hizo reventar), las construcciones de Ledoux, el París de Nerval y de Van Gogh, el de las catacumbas y el de las cloacas, el de Flamel y Pernelle (con su vieja casa, pero también con el más moderno cruce de sus calles), las tumbas de Nerval y Raymond Roussel en el Père Lachaise (la primera objeto de un delicioso texto del Courtot de los tiempos de L’Archibras, y la segunda con su rincón para el ajedrez), la cadena de pasajes (incluidos el de los Panoramas y mi favorito, el del Deseo), el cruce de las calles Vivienne y Colbert (canto VI de Maldoror, y con un enorme y ufano gallo encima de un nicho), el parque Monceau y el canal Saint-Martin (por Tardi), el baudeleriano ángel de lo bizarro de la Rue de Turbigo (también fotografiado por Michael Woods), etc. Con doce de esas fotos acompaño esta nota, en grupos de cuatro.
Al parecer, en la Rue du Pont-Neuf, n. 33, aún existe el restaurante “Le chien qui fume”, que nombra André Breton en “Tornasol”. Yo me lo encontré, pero en una calle de Oporto, o sea en versión portuguesa, y allí paré unas cuantas veces, porque no solo me recordaba el poema de Breton, sino porque se comía muy bien y era totalmente popular, sin un solo ápice de aburguesamiento por aquellos aún no tan adulterados tiempos.