sábado, 29 de julio de 2017

28 de septiembre de 1966

Cubierta diseñada por Tono Galán

Aunque ya había aparecido en doce entregas del blog del Grupo Surrealista Galego, es un placer encontrar ahora en papel el estudio que Xesús González Gómez ha dedicado a la noticia de la muerte de André Breton en las revistas y periódicos españoles de la época. Como título sebaggiano del conjunto, O pronunciábel día da súa morte. Edita Xalundes (bella palabra gallega, que significa algo así como “en alguna parte, lejos”), o sea el propio Grupo Surrealista Galego.
Se trata de un trabajo sólido y contundente, pero a la vez divertido dada la sarta de burradas que van desfilando por sus páginas, preferentemente de la prensa franquista pero sin que falten algunas de la otra. Xesús González Gómez es una personalidad de envergadura, un escritor lúcido siempre y corrosivo cuando hay que serlo, y si sumamos a ello su perfecto conocimiento del surrealismo, con el que se identifica, es posible entender cómo lo que en manos académicas hubiera sido un aburrido y exangüe inventario, en las suyas se convierte en un tratado enjundioso y hasta a trechos apasionante, que el lector interesado, más que leer, se ve impelido a devorar.
La lista de cagatintas de la época que tuvieron que decir algo a la muerte de André Breton está compuesta por nombres hoy casi todos olvidados: Gómez Catón, Rosendo Llates, Julio Manegat, Salvador Jiménez, Luis Figuerola-Ferreti, Manuel Díez-Crespo, Xohán Ledo, Pol Girbal, Néstor Luján (este al menos recordado como glotón)... Algunas perlas son incluso dignas de una antología: “Antes de dedicarse a la literatura y al movimiento artístico surrealista, André Breton escribió y publicó algunas obras de carácter médico, entre ellas la titulada Campos magnéticos” (Julio Manegat); “André Bretón ha pasado su vida entre grandes flechazos intelectuales y enormes peloteras ridículas con sus mejores amigos. Así el gran «leninista» pasaría a cultivar la amistad del exiliado Trostski antes de criticarle acerbamente como a título póstumo, hacia 1940 [comentario de Xesús González Gómez: “Busque el lector esa crítica de Breton, será un hallazgo bibliográfico de primera magnitud”]. El surrealismo –su obra– había entrado incluso en la decoración de los cuartos de baño y en las almohadillas de los trenes de segunda” (Pol Girbal, que titula su necrológica “Ha muerto André Bretón, el gran disconforme. Figura ya sin vigencia, perteneciente al pasado, su muerte fue anticipada por el olvido”); “¿Qué tal, amigo André Bretón, ya al otro lado del superrealismo? Y, ¿no será toda esa eternidad que tiene usted por delante superrealismo, o sobrerrealismo en estado de pureza?” (Manuel Díez-Crespo, falangista sevillano confianzudo, que proclama a Sevilla “la ciudad más superrealista del planeta”).
Más jugosas aún son las declaraciones, todas ellas plagadas de errores crasos, de figuras de otro calibre, como Santos Torroella, Juan Ramón Masoliver, Gerardo Diego, Guillermo Díaz-Plaja o Guillermo de Torre. Gerardo Diego utiliza siempre “sobrerrealismo”, pero al menos acierta cuando escribe que “el creacionismo es diametralmente opuesto al sobrerrealismo, aunque sus apariencias sean semejantes”. Guillermo de Torre prefiere escribir “superrealismo” y alude a la presencia de Hugo Ball en un reciente evento de aniversario dadaísta que resultó “muy pintoresco” (comentario de Xesús González Gómez: “Si en verdad asistieron los supervivientes de Dada que cita de Torre, los actos más que pintorescos debieron ser grandiosos, como mínimo: asistir a la resurrección de Hugo Ball en carne y alma no es algo que acontezca todos los días, aunque sea celebrando el cincuentenario de Dada”); equipara la escritura automática al flujo de conciencia joyceano (¡suspenso sin remisión como crítico literario!) y afirma que “los mitos cerraron su ciclo hace siglos” (¡nada menos!), pero aún peor es su visión de la supervivencia de Dada y el surrealismo... a través de las tesis universitarias (acababa de publicarse la del ridículo Sanouillet). Sin duda de estos grandes señores de la cultura hispana el que más me interesa es Masoliver, ya que con él sostuve en los años 80 una polémica que supongo fue la última de su vida, cuando se molestó por unos ataques que yo le hice a la cultura española (en realidad, a toda su putrefacción academicista y oficialista). Entonces también metió la pata con un error que se ha repetido infinidad de veces: el de que el primer manifiesto fue traducido por Fernando Vela al poco de salir en París, confusión con una reseña de ninguna monta que le hizo en la Revista de Occidente. Masoliver fue en los años 30 un detractor del surrealismo, pasándose rápidamente al fascismo y el falangismo. Xesús González Gómez se revuelve contra su maquillamiento: “Masoliver era un hombre culto y también un fascista, no el héroe que nos quieren hacer creer ahora una serie de críticos escritores como Jordi Gràcia, Fernando Valls y José Carlos Mainer”. Su disparate de la nota sobre Breton (a quien, eso sí, califica como “un dechado de autenticidad”) se da cuando dice de Un perro andaluz que “tanto escándalo levantaría después bajo el título de La edad de oro”.
Luego están los “especialistas” en surrealismo literario o artístico, como Pablo Corbalán, autor de una atroz Antología de la poesía surrealista española (en la que, como no deja de apuntar Xesús González Gómez, solo había un surrealista), para quien el surrealismo feneció en 1936, después de que Breton expulsara del grupo a Artaud, Masson, Cocteau (¡!) y Radiguet (¡muerto, por cierto, en 1923!). O como José María Moreno Galván, uno de los santones de la crítica de arte española, que entonces catequizaba en el frente comunista y a quien pone González Gómez los puntos sobre las íes al comentar su apotegma de que “la clave del fracaso revolucionario surrealista consiste, primero, en haber confundido el testimonio con la acción y, segundo, en haber confundido a la rebeldía con la revolución” –pasajes de la doble respuesta de González Gómez, que debe leerse en su integridad: “La poesía no es ni síntoma ni testimonio, sino que es en sí misma revolución”; “¿Cómo separar rebeldía de revolución? ¿No necesita toda revolución de la rebeldía? ¿No nace la revolución de la rebeldía para corregir injusticias?” En tercer lugar, comenta la nota sin firma aparecida en Ínsula (más conocida por Insulsa), digna de “los universitarios «progres» a que se dirigía la citada revista”.
Pero hay una excepción que desafía la regla: Tomás Alcoverro, hoy un conocido periodista y el único entre los nombres abordados que se inscribe, como señala Xesús González Gómez, “dentro de lo que podríamos llamar una percepción del surrealismo como revolución”, y no como una vanguardia ya “histórica”. O casi el único, ya que, en un apéndice a su trabajo, González Gómez añade a Juan Manuel Molina Mateo, anarquista murciano cofundador de la Federación Anarquista Ibérica, más conocido como Juanele, que escribe un excelente artículo en Comunidade Ibérica de México, contrastando con la mediocridad receptiva de España Libre. A esto último alude el autor de este trabajo en sus conclusiones, al señalar cómo al surrealismo todos lo daban por muerto a la vez que demostraban tener un desconocimiento casi total de lo que era (y de lo que continuaba siendo), no solo en la España de 1966 sino en la prensa comunista y la anarquista y en la del propio exilio.
El conocimiento muy completo que Xesús González Gómez tiene de los entresijos de la prensa de la época hace este estudio aún más jugoso. En la “Justificación” inicial, me agradece, muy generosamente, haberle dado la idea de convertir en libro las doce entregas del blog, pero ante el resultado que aquí tenemos, lo menos que puede decirse es que el mismo camino deberían seguir todos sus demás estudios, la mayoría dedicados a figuras muy poco conocidas del surrealismo y que en ninguna otra parte ha tratado nadie con el detenimiento y la agudeza con que lo hace él. Son estos los libros que hacen avanzar el surrealismo y que lo muestran tal y como siempre debería ser: sin pie a equívocos ni a confusiones.